La pitonisa leía la mano. Iban pasando una tras otra, incansablemente, hasta agotar la tarde. Siempre lo mismo, pero nunca igual: amor, dinero, familia, trabajo... Preguntas habituales y respuestas amables, sorprendentes, esperanzadoras... Como la vida misma... Pero llegó una mano en la que ella no pudo leer nada, porque la nada era su futuro.
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